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Resignificar los lunes: cuando una nueva semana deja de sentirse como una amenaza

Foto del escritor: vickyserrano
vickyserrano
14 sept
4 min de lectura

Durante mucho tiempo los lunes tuvieron un peso especial para mí.

Y no precisamente uno bueno.

Podía escuchar frases como “nueva semana, nuevas oportunidades” o “un nuevo comienzo”, pero dentro de mí no se sentía así.

Se sentía como una carga.

A veces ni siquiera había comenzado el día y yo ya estaba pensando en todo lo que tenía que resolver, en lo que podía salir mal, en las conversaciones pendientes, en las situaciones que no sabía cómo iban a terminar.

Era extraño porque, si lo pensaba racionalmente, no estaba ocurriendo nada en ese momento.

Era lunes.

Eso era todo.

Pero mi cuerpo parecía entender otra cosa.

Sentía angustia. Me dolía la barriga. Me preocupaba lo que podía pasar y, de alguna manera, sentía que tenía que estar preparada para cualquier amenaza.

Entonces empezaba una especie de cuenta regresiva.

Quería que llegara rápido el miércoles porque el miércoles ya significaba que faltaba menos para el viernes.

Y cuando finalmente llegaba el viernes, sentía libertad.

Respiraba.

Sentía tranquilidad.

Pero esa tranquilidad tampoco duraba demasiado, porque sabía que después venía el sábado, luego el domingo y, otra vez, el lunes.

Y volvía a empezar.

¿En qué momento un lunes empezó a sentirse así?

Esta es una pregunta que me he hecho muchas veces.

¿En qué momento dejamos de ver una nueva semana como una posibilidad y comenzamos a vivirla como algo que tenemos que sobrevivir?

No tengo una única respuesta.

En mi caso, he tenido que trabajar durante mucho tiempo en esa necesidad de anticiparme, de querer tener respuestas, de sentir que si pienso suficientemente en algo quizás podré evitar que salga mal.

Pero hay algo que he ido comprendiendo:

anticiparme a la vida no necesariamente me prepara para vivirla. Muchas veces solamente hace que la viva antes de tiempo.

Puedo pasar un lunes preocupándome por algo que quizás suceda el jueves.

Y si finalmente sucede, habré cargado con ello cuatro días.

Y si no sucede, habré entregado cuatro días de mi vida a algo que solamente existió en mi mente.

Comprender esto no significa que automáticamente dejemos de preocuparnos.

Yo misma sigo trabajándolo.

Pero sí podemos empezar a observar cuándo nuestra mente se está yendo varios días por delante mientras nuestra vida sigue ocurriendo aquí.

Hoy algo cotidiano me hizo detenerme

Mientras salía de unas terapias físicas, vi a varias personas a mi alrededor.

Algunas caminaban con ayuda de un caminador.

Otras estaban en silla de ruedas.

Y yo simplemente salí caminando.

Di un paso.

Después otro.

Y por un momento fui realmente consciente de algo que hago todos los días sin pensarlo:

mis piernas me estaban llevando a donde quería ir.

Pensé: si quiero caminar, camino. Si quiero acelerar el paso, puedo hacerlo. Si quiero correr, puedo correr.

Y agradecí.

Agradecí mis piernas.

Mis pasos.

Mi cuerpo.

Algo tan cotidiano que durante años he podido dar por sentado.

Y entonces apareció otra pregunta:

¿En qué momento dejamos de ver lo cotidiano como un milagro?

Quizás estamos tan ocupadas pensando en lo siguiente que olvidamos mirar lo que ya está sucediendo.

Esperamos el miércoles.

Después el viernes.

Después las vacaciones.

Después que se resuelva ese problema.

Después que llegue esa respuesta.

Después que las cosas estén más tranquilas.

Y mientras esperamos que llegue el momento en el que finalmente podamos sentirnos bien, hay una vida completa sucediendo entre un lunes y otro.

Tal vez no necesitamos esperar al viernes para sentir alivio

Resignificar los lunes, para mí, no significa obligarme a levantarme feliz porque comienza una nueva semana.

Tampoco significa negar que tengo responsabilidades, situaciones difíciles o días en los que simplemente estoy cansada.

Significa dejar de tratar el lunes como si fuera el anuncio de todo lo malo que podría ocurrir.

Significa intentar recibir el día por lo que realmente es:

un día de mi vida.

Uno que no vuelve.

Un lunes también puede contener un desayuno que disfruto, una conversación bonita, la posibilidad de caminar, una llamada que no esperaba, cinco minutos de silencio, una oración, una idea nueva o simplemente la oportunidad de hacer algo diferente a como lo hice la semana anterior.

No necesito que ocurra algo extraordinario para reconocer que estoy viviendo algo valioso.

Estoy aprendiendo a no vivir toda la semana en un solo día

Hay una práctica que intento recordar cuando mi mente comienza a adelantarse:

¿Qué necesita realmente de mí este día?

No el miércoles.

No el viernes.

No esa situación que todavía no sé cómo terminará.

Hoy.

Hay cosas que sí necesitan una acción de mi parte.

Una llamada.

Una conversación.

Una decisión.

Un pendiente que puedo resolver.

Y entonces intento ocuparme de eso.

Pero también hay situaciones para las que hoy no tengo una respuesta.

Y estoy aprendiendo que pensar en ellas durante cinco horas más no necesariamente hará aparecer una solución.

Ahí aparece otro aprendizaje importante para mí: confiar.

Confiar en mí y en mi capacidad para responder cuando llegue el momento.

Y también confiar en Dios.

Hacer aquello que está en mis manos y permitir que no todo dependa de mí.

Porque durante mucho tiempo confundí estar pendiente de todo con ser responsable.

Y no es lo mismo.

Puedo ser responsable sin vivir en alerta.

Puedo ocuparme de mi vida sin intentar controlarla completamente.

Puedo hacer planes y, al mismo tiempo, dejar espacio para que las cosas sucedan de una manera diferente.

Quizás el lunes lo que necesitamos es mirarlo diferente.

No sé cómo será tu próxima semana.

Tampoco sé qué situación estás atravesando mientras lees esto.

Quizás tienes una conversación pendiente.

Una decisión que te preocupa.

Algo que llevas días intentando solucionar.

O simplemente estás cansada y quisieras tener un poco más de tranquilidad.

No voy a decirte que “vivas el presente” como si bastara con decidirlo.

Sé que no siempre es así de sencillo.

Pero quizás podemos comenzar con algo mucho más pequeño.

Mañana, cuando abras los ojos, antes de preguntarte todo lo que tienes que resolver, observa algo que ya tienes.

Tus piernas llevándote hasta la cocina.

El agua cayendo sobre tu cuerpo mientras te bañas.

La posibilidad de prepararte un café.

Una persona a quien puedes escribirle.

Tu respiración.

Una nueva mañana.

Y pregúntate:

¿Qué pasaría si hoy no intentara vivir toda la semana de una vez?

Tal vez eso sea resignificar un lunes.

No convertirlo en el mejor día de la semana.

Simplemente dejar de verlo como una amenaza y permitirnos descubrir qué puede traer.

Porque mientras esperamos que llegue el viernes para sentir que podemos respirar…

la vida también está ocurriendo un lunes.

 
 
 

1 comentario


Leidys Serrano T.
28 sept

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